<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-37420458</id><updated>2011-04-21T21:01:10.479-07:00</updated><title type='text'>Quiero escribir pero me sale espuma</title><subtitle type='html'>Gustavo Sainz</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://quieroescribirperomesaleespuma.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37420458/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://quieroescribirperomesaleespuma.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Gustavo Sainz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>1</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37420458.post-116309496653950694</id><published>2006-11-09T09:51:00.000-08:00</published><updated>2006-11-09T09:56:06.610-08:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;ul&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;Este  libro es para Claudio y Marcio Sainz&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/ul&gt;&lt;/ul&gt;&lt;/ul&gt;&lt;/ul&gt;&lt;/ul&gt;&lt;/ul&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;Vivía entre impulsos y  arrepentimientos, entre avanzar y retroceder. ¡Qué combates! Deseos  y terrores tiraban hacia delante y hacia atrás, hacia la izquierda  y hacia la derecha, hacia arriba y hacia abajo. Tiraban con tanta fuerza  que me inmovilizaron. Durante años tasque el freno, como río impetuoso  atado a la peña del manantial. Echaba espuma, pataleaba, me encabritaba,  hinchaban mi cuello venas y arterias. En vano, las riendas no aflojaban.  Extenuado, me arrojaba al suelo; látigos y acicates me hacían saltar:  ¡arre, adelante!&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;Octavio Paz: &lt;b&gt;Un aprendizaje  difícil&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;¿Qué lenguaje es éste,  querido amigo? ¿Qué lengua está usted hablando? ¡Explíquese! ¿Idénticos,  sinónimos, similares, analógicos? ¿O bien pastiches, simulacros,  trampantojos? ¿Reproducciones, facsímiles, réplicas? ¿O bien imitaciones,  mímicas, parodias, disfraces, caricaturas, plagios?... Incluso contrahechuras,  simulaciones, embustes y por lo tanto, ilusiones, trampas, mistificaciones.  ¡Isomorfas, isotermas, isobaras! Equivalentes, equiláteras, equívocas.  Griego, latín, lenguas madres, vale decir cabronas redomadas ¿en qué  red nos atrapan al perpetuarse o haciendo como si, a través de nuestra  lengua?&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;Serge André: &lt;b&gt;flac&lt;/b&gt; (Traducción  de Tamara Francés y Nestor A. Braunstein)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;--Sí, una frase de Nabokov:  “Dormía sobre el lado derecho para no oír su corazón... Una noche  había cometido el error de calcular (atribuyéndose otro medio siglo  de existencia) cuántos latidos le quedaban aún, y ahora la absurda  rapidez de la cuenta regresiva le irritaba y aceleraba su ritmo haciéndole  sentir que se moría.”&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;      &lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;--¿Se  trata del tiempo?&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;      &lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;--El  tiempo del Tiempo. El Aion.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;      &lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;--¿El  qué?&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;Philippe Sollers: &lt;b&gt;Le coeur  absolu&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;Y si pienso, de igual modo,  en la influencia deprimente que en toda mi formación tuve lo que recibí  de educación católica –sobre todo la noción de  ‘fruto prohibido’, y más aún, la de  ‘pecado original’ (con la cual, incluso después de haber roto intelectualmente  con ese tipo de prejuicio sé muy bien que sigo obsesionado)—me explico  con bastante claridad el sentimiento de culpabilidad (ya no  ‘escondido’, como el que descansa en las representaciones infantiles  relativas a las posibles consecuencias de la masturbación o de los  deseos de incesto, sino en cierto modo  ‘efectivo’) a raíz del cual la  “confesión” ejerce en mí una imperiosa atracción  –por su lado humillante, unido a lo que implica simultáneamente de  escandaloso y exhibicionista--.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;Michel Leiris: &lt;b&gt;La edad del  hombre&lt;/b&gt; (Traducción de Glenn Gallardo)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;DESPUÉS DE BUSCARLO durante  un par de horas, siempre en los alrededores de la Columna de la Independencia  y la Embajada Norteamericana (Zona Rosa, Colonia Cuauhtémoc, Melchor  Ocampo), lo encontré en el vestíbulo del cine Latino recibiendo cambio  por algo que acababa de comprar en la enorme y circular dulcería. Él  no podía verme. Y al mirarlo nadie diría, nadie podría decir, que  se trataba de un joven escritor aún sin libro publicado, pues nada  lo denotaba. El escritor sin su obra, “forma suprema de lo sagrado”,  diría Barthes, “la señal y el vacío”. Pero en fin, decía que  para él, desgarbado, inquieto, contento, yo era &lt;i&gt;invisible&lt;/i&gt;, &lt;i&gt; improbable&lt;/i&gt;, &lt;i&gt;inimaginable&lt;/i&gt;, aunque por un momento llegué a  dudar pues noté en su rostro, no muy dado a toda clase de expresiones,  algo así como cierto asombro. Pero no era por mí, sino por alguien  que se acercaba detrás de mí, que lo saludaba e interrogaba. ¿Has  visto a Sarah? En su mirada vi entrar el recuerdo de la hermosa Sarah  (deslumbrante, grácil, lánguida, sensual, curvilínea, quemada por  el sol, casi mítica). Aunque creo que la pregunta fue otra. ¿Conocía  a Sarah? Y sí, pero no, contestamos al mismo tiempo o casi al mismo  tiempo, ya que no puedo evitar repetir simultáneamente lo que dice,  y a veces hasta me adelanto a lo que dice. Entonces el hombre (que era  un poeta de provincia), siempre de espaldas a mí, describió que Sarah  era su amante antes de que se casara con otro, y que él la había desvirgado.  Había mucho ruido alrededor, voces, gente cruzando. Sí, &lt;i&gt;desvirgado&lt;/i&gt;.  Bueno, y que él sabía que éramos amigos de ella, bueno, el escritor  sin libro publicado, y que inclusive nos vio en su boda, bueno a él,  al escritor que todavía no. Y lo que ignorábamos era que el esposo  de Sarah organizó reponer el himen perdido. (Himeneo meo dijo el gato  miau.) Sarah y el poeta no se habían podido volver a ver durante seis  meses o más, y cuando el poeta volvió a verla saboreó que el marido  nunca se había atrevido a poseerla sexualmente. Ella se lo contó.  El poeta provinciano logró desvirgarla de nuevo, como les corresponde  a los poetas, y se fueron a vivir los dos a Puerto Escondido. Sarah  quedó embarazada y ya estaba por nacer su hijo cuando el marido auténtico  y asexuado los encontró. Al poeta desesperado lo habían metido en  la cárcel acusado de secuestro, y a Sarah la mandaron a Israel después  de un divorcio al vapor. Pero el niño ya debía haber nacido y el poeta  quería mucho a Sarah. Imagínate, dijo, es la única mujer a la que  he desvirgado dos veces... Dos veces... Aquí algunas imágenes de Sarah,  de su estatura, su armonía, su ritmo, su impronta, sus vestidos vaporosos,  sus mallas de colores, su respiración anhelante, sus grandes ojos soñadores.  Radiante. Deslumbrante. Grácil. El poeta desconcertado. Su interlocutor  anhelante con las manos llenas de muéganos. Intercambiaron direcciones  y el poeta preguntó una vez más si seguía llevándose con Sarah o  si todavía conocía a algunos amigos de ella que pudieran decirle adónde  encontrarla, pues creía, sentía, sospechaba, esperaba, deseaba que  ya estuviera de vuelta en México. ¿Deveras quieres encontrarla? Y  poco después el escritor sin libro publicado ¿qué estás escribiendo?  Y el poeta ¿y tú novela? Para entonces otros muchachos y muchachas  de su edad habían llegado y ya casi era la hora de la función y entramos  juntos a la sala de proyección, yo atrás de ellos. A ver &lt;b&gt;Harakiri&lt;/b&gt;.  ¿Una metáfora?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;AL SALIR DEL cine los acompañé  a una taquería que estaba adonde ahora hay una estación del metro.  Saludaron al Cronista de la Ciudad, que apareció con una chamarra azul  de capucha toda rota y jodida. Hablaban con la boca llena, el consabido  pin pon amistoso, entre risas y aspavientos. De regreso de su trabajo,  por ejemplo, el esposo se sentó a la mesa y la esposa le preguntó:  ¿Te sirvo? A veces, respondió el marido. O algunos matrimonios terminan  bien, por ejemplo, otros duran toda la vida. Je je. De camino hacia  el departamento adonde vivían destacaba la avidez de sus miradas, su  charlatanería, sus fabulaciones, sus bromas. Les fascinaba el espectáculo  de las calles, podían oler el paso de esas noches y hasta parecían  poner atención, de pronto, al discurso de las clases medias sobre la  norteamericanización implacable. Cruzaron Paseo de la Reforma corriendo  como si los persiguieran. En la esquina del hotel María Isabel se dividieron  en tres grupos. El joven escritor aún sin libro publicado se adentró  en la colonia Cuauhtémoc conversado animadamente con su amigo el actor.  Entré con ellos en un pequeño edificio. Subimos dos tramos de angostas  escaleras. El departamento me pareció más pequeño que su recuerdo,  mucho más pequeño, pero estaban allí los libreros, el tocadiscos,  el piano vertical con su banco, los muebles coloniales, las cortinas  de manta listadas, los cuadros de su amigo pintor. En la recámara dos  camas individuales y un buró. El actor dijo que quería dormirse temprano.  Pero el escritor no paraba de hablar. Se lavaron los dientes y cumplieron  con los ritos de antes de acostarse. Conversaban con entusiasmo de música,  de libros, de autores, de películas, de mujeres, del significado de  algunas palabras. Camarones: colección de cámaras de gran tamaño;  Polinesia: mujer policía que no entiende razones; Platón: plato grande.  Vi dar las tres de la mañana y las cuatro y seguía oyéndolos con  interés. A las 4:20 apagaron la luz. Entonces me senté en los pies  de la cama y empecé a mirar al joven escritor aún sin ningún libro  publicado: demasiado imberbe, delgado, largo, huesudo, inquieto, vulnerable.  Le costaba trabajo conciliar el sueño y cuando lo consiguió se abrió  la puerta y entró su novia Beatriz, pícara y cálida. Desvistiéndose  le quitó las cobijas, lo despojó de su piyama toda risas y hoyuelos  en las mejillas, frescura, piel, y los dos entraron al baño y se bañaron  juntos, contentos y ruidosos. Después Beatriz preparó el desayuno  y apenas se sentaron a la mesa apareció el joven actor restregándose  los ojos legañosos, gruñendo, quejándose. Más tarde fueron al centro  de la ciudad para recoger unos anteojos. Se los habían prometido para  dos días antes y aún no estaban listos. El actor se despidió. Acompañé  al escritor sin libro publicado y a Beatriz a una oficina en un tercer  piso. El Director del periódico llegó furioso. Volvió a descargar  su ira sobre el hermano del escritor, a quien calificó de incumplido,  irresponsable y cínico, e improvisó que esa semana anticiparían el  suplemento de la semana siguiente. Para las cuatro de la tarde el joven  escritor y Beatriz desfallecían de hambre y bajaron a comer al Ana  Capri. Hacía calor. Y entre los comensales la presencia de Beatriz  causaba animación y curiosidad. Ella comía siempre muy despacio, masticando  cada bocado un determinado número de veces que ya no necesitaba contar.  Al principio sí. Creo que eran 36 o 65 o quizás hasta más. La hija  paralizada, decía el joven escritor, la madre coagulada en su búsqueda  erótica, el hijo de ojos vendados orinando sobre su tela de pintor,  la criada presa de levitación mística, el padre animalizado, ¿de  qué película te estoy hablando? Y más adelante: por convención,  se llama objetivo a lo que &lt;i&gt;ve&lt;/i&gt; la cámara y subjetivo a lo que  ve el personaje. Hablaban y hablaban. El amor es la más habladora de  todas las pasiones. Pero tuvimos que despedirnos de ella un poco más  tarde y volvimos al departamento. El actor estaba acostado y su novia  bailarina se bañaba, se oía el ruido de la regadera. Salimos de allí  muy pronto, pasamos por una librería y regresamos al periódico. El  actor y su bailarina estaban por separarse. Era notoria la incomunicación  entre ellos. Y la bailarina lloraba todo el tiempo, incluso en lugares  públicos. Más noche nosotros teníamos tres pesos, el actor 10 y ella  12,000. Sin embargo cuando fuimos a cenar a un restorán la bailarina  no se ofreció a pagar. Aceptó un cheque del actor bueno por 50 y se  lo cambió a regañadientes. Los dos muchachos desasosegados, la bailarina  incómoda y ajena. La acompañaron hasta su coche y deambularon un rato  por la Zona Rosa. La ciudad les parecía una novela. Y de todos sus  probables capítulos las librerías eran los que más les gustaban.  Allí los dejé, casi estupefactos. Frente al aparador de Dalis, S.  A., disfrazados de pie de página. O de erratas, dirían (si me escucharan).  O mejor de prólogos, de epígrafes, de subtítulos, de posfacios, de  epílogos… Miraban libros de lujo, portadas de discos que les gustaría  comprar, novelas de moda en otros países, pequeñas obras de arte.  Yo me alejé un poco y noté que los enormes paraguas de cemento frente  a la Embajada Norteamericana y el hotel María Isabel ya no estaban.  Que el edificio adonde vendían las agujas para las tornamesas tampoco  existía. Y que el estacionamiento que construían en Río Tíber tenía  un letrero y necesitaban todavía 307 días para terminarlo. Mientras  tanto ellos frente al aparador de la librería Dalis, soñaban en oír  todos esos discos, en leer todos esos libros, en mirar todas esas maravillosas  obras de arte, y hasta en romper un cristal para iniciar de una vez  sus colecciones, desesperados internamente, un poquito con la confianza  que les daba tener &lt;i&gt;todo&lt;/i&gt; el tiempo por delante. Y por si fuera  poco, además, se creían &lt;i&gt;inmortales&lt;/i&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;CUANDO CONSEGUÍ ENTRAR de  nuevo en el departamento, el joven escritor estaba leyendo y su amigo  arquitecto tecleaba laboriosamente en una enorme máquina de escribir.  No me percibían, aunque me gusta pensar que debían sentirme como cierta  presencia. ¡Qué estupidez! Me asomé para ver qué escribía. Había  un disco de bossa nova girando en la tornamesa.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;      &lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;&lt;i&gt;Pues  nada, que veo la máquina tan sola y abandonada que me dije a mí mismo  (Arquitecto): ¡Oh, una carta para el buen Crismer!… Aprovechemos  para decirle tres o cuatro cosas y envíarle desde la Patria un saludo  (frase hecha)… Y héme aquí ante la susodicha máquina escribiendo  a dos palabras por minuto para ti, para ti, para ti… Sin ti la ciudad  se ve vacía y la luz ya no brilla, etc., etc. Para tu control, fíjate  que el otro día fui a buscar a tu amigo el escritor a casa de su Crismer  y todas las niñas de la calle, no sé por qué, me decían ¡Archifenomenal!  ¡Archifenomenal! No sabía si yo era el archifenomenal o qué carajos…  ¿Por qué?, les pregunté. Éjele, usted es el del anuncio de gelatinas  Royal… Y sabes que ya me estoy cansando de estas confusiones, de este  tener que repartir autógrafos y besar a todas tus ex-admiradoras que  se me paran enfrente jurando y perjurando que soy el del anuncio de  las gelatinas. A propósito de gelatinas, me ando ligando a una niña  nueva, y seriamente hablando ahora sí ya definitivamente finiquité,  kaput, todos los nexos pendientes con mi Crismer, para bien o para mal,  pero ya pasó todo. Sin otro particular, me voy porque me cierran el  cabaret, recomendándote que ya dejes tu vida de crápula y perdición  y pecado y juergas y francachelas con tus amigotes que a nada conducen,  tal parece que estuvieras ya empezando tu carrera de libertino, yo aquí  con el alma en un hilo y tú no eres ni siquiera bueno para un aquí  estoy, madre, no voy a venir a dormir, hombre, siquiera avisa, no que  aquí me tienes con el Jesús en la boca pensando que algo te pueda  pasar, ya ves que las desgracias están a la vuelta de la esquina, ahí  tienes al hijo de tu tía que se salió sin avisar y le metieron un  cuchillo entre cuero y panza, y peor con eso del Carnaval y de Ruíz  Cortínez, sólo el diablo sabe dónde andarás metido (fragmento tomado  de las &lt;/i&gt;&lt;b&gt;Memorias de doña Margarita o Biografía de la madre  de un artista (yo)&lt;/b&gt;&lt;i&gt;. Bueno, ahora sí deveritas ya me voy, porque  como te has de imaginar ya me tardé como tres horas en escribir estos  quince renglones. Tengo muchas ganas de seguirte platicando aunque sean  pendejadas, como dijo Cherlok Jolmes: Yes, we have no bananas today,  esto es “El Tiempo es Oro”. Y así, al compás de un pato que iba  cantando alegremente, y recordándote imitando al gran Gilberto, hago  mutis, cuac, cuac. Manda fruta, Y que cojas de todo menos resfriados.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;A LAS 12 de la noche sonó  el teléfono y era el actor, que iba a quedarse a dormir en casa de  su novia la bailarina. ¿Y mañana qué piensas hacer? El actor le preguntó  de cuánto dinero disponía. Uy, como de nueve pesos (mientras lo contaba  y llegaba a 9.60). Bueno, el actor tenía 5 y con eso podrían ir a  remar otra vez al lago de Chapultepec. A las siete de la mañana pasaría  por él. Pero cuando llegó el actor a la mañana siguiente no encontraron  la cartera con los 9.60 que el joven escritor que aún no había publicado  ningún libro creía haber dejado sobre la mesa. ¿O en el buró? Creyó  que era una broma del actor. Pero tampoco encontraba sus llaves, y de  pronto su amigo actor descubrió la agenda en la cocina. La noche anterior  el escritor confundido no recordaba haber entrado allí y mucho menos  para dejar su agenda. Finalmente salieron. No se veían malhumorados,  sino animosos, dicharacheros, irreverentes, energéticos. Alquilaron  una sola lancha y remaron media hora cada quien mientras hablaban de  los nuevos rumbos del teatro. Grotowski. Poesía en Voz Alta. Artaud  y su teatro de la crueldad. Escuchar las imágenes, ver las palabras,  tocar la música. Mejor &lt;i&gt;beber&lt;/i&gt; la música. Al terminar subieron  al embarcadero para beber unos jugos, el escritor nuevamente preocupado  por hallar sus llaves y organizando mentalmente su búsqueda. En el  pequeño edificio adonde vivían, en la calle Río Poo, el actor se  adelantó urgido de ir al baño y el escritor subió poco después.  La portera estaba como de guardia en la puerta. Joven, lo sorprendió,  ¿qué no se metió el ratero a su departamento anoche? El joven escritor  sintió una conflagración estomacal, que se le aflojaban las piernas  y aceleraba el corazón. Entró precipitadamente y empezó a encontrar  muchas cosas fuera de sitio. El contenido del banco del piano todo revuelto  y el banco a media sala. Algunos libros en el suelo desperdigados de  mala manera. El actor no lo había hecho. Se veía preocupado también  pero tenía que irse. Debían cambiar las chapas. ¿Con qué dinero?  El actor le regaló 50 pesos y se despidió. Poco después llegó el  cerrajero y se llevó las chapas. Aseguró que tardaría una hora y  dilató más de tres. En ese tiempo el joven escritor aún sin libro  publicado notó que habían desaparecido una pluma estherbrook y una  parker, sus tijeras, una rasuradora eléctrica, sus mancuernillas, su  cartera y sus llaves. De casi todo podría recuperarse más temprano  que tarde. La llave del apartado postal en la Administración Central  de Correos, por ejemplo, ¿cuánto tiempo tomaría para que le hicieran  un duplicado? Se sentía pálido y vulnerable. Comprobó que el ladrón  había entrado por la ventana de la cocina. Había dejado huellas. Seguramente  saltó de la ventana del pasillo a la de la cocina, que estaba siempre  abierta. Había saqueado el departamento Uno. Los maricones del Cuatro  lo descubrieron en su baño a las 3:30 de la mañana, en el momento  en que saltaba al interior. Lo balacearon pero naturalmente no le dieron.  Ahora sí que de seis balazos a quemarropa ninguno. ¿Afortunadamente?  El escritor no había oído nada. El ladrón entonces había salido  por la ventana del baño del Cuatro a la de las escaleras y huyó. Ni  siquiera habían logrado verle la cara. En eso tocó el cerrajero y  dijo que eran 70 pesos por las dos chapas y tres copias de cada llave.  Sonó el teléfono y eran los de Olivetti, que se habían atrasado con  el pago de su máquina de escribir, 1,650 pesos. Él les pidió paciencia,  les prometió pagar doble al siguiente mes y a partir de allí por adelantado.  La portera aprovechó la confusión para exigir la renta. El escritor  le juraba al cerrajero completarle el pago esa misma tarde. Le entregaba  50 pesos a cuenta, deveras. Y empujó un poco a todos fuera del pequeño  departamento Cinco y cuando se quedó sólo trató de sacudirse el miedo,  la angustia, ese nerviosismo, esa desesperación, esa frustración,  agitándose como perro mojado. Casi lo obligué a mirar el reloj despertador.  Eran las 12:40 y Beatriz en ese momento abría la puerta. El joven escritor  aún sin libro publicado no tuvo que forzar nada. Su expresión era  a tal punto desamparada que ella se precipitó a abrazarlo y él correspondió  a ese abrazo, a esa temperatura, a esos volúmenes, a ese cariño, a  esa juventud, a esas suavidades, a esa solidaridad, emocionadamente  vallejeó, emocionadamente, &lt;i&gt;emocionadamente&lt;/i&gt;. Como un náufrago.  Como si hubiera estado más que muerto y con esos apapachos resucitara.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;ANTES DE SALIR del departamento  el joven escritor se volvió a ver la mancha de clarasol que la portera  había tirado accidentalmente hacía unos minutos a mitad de la alfombra.  Parecía el mapa de Australia. A su amigo actor le habían abierto el  coche. Le arrancaron una aleta de cuajo y le robaron su saco con su  chequera, sus llaves, su agenda, su licencia. Otro amigo pintor y su  inquietante esposa se habían quedado a dormir en el departamento y  los tres se reunieron con otros amigos y estaban por salir de día de  campo. Mientras hablaba maravillas de Beatriz, ella apareció. Estaban  también el arquitecto, la bailarina, el actor. Luz de domingo, calma  de domingo, tráfico de domingo, ruidos de domingo. Montaron en caballos  escuálidos y polvorientos. Se tiraron por una helada resbaladilla.  Subieron a toda clase de juegos de feria. Nadaron y jugaron carreras  y luchas de hombres contra mujeres. El actor era el mejor atleta, luego  Beatriz y la bailarina, que no se quedaba atrás. Parecían amazonas.  ¿Y por qué no hacer una novela sobre ese lugar, sobre ese día, con  esos personajes? Familias satisfechas luciendo sus viandas y manteles.  Niños vestidos como para un desfile de modas en El Palacio de Hierro  corriendo a llenarse de lodo en el fondo de una cañada. Jóvenes uniformados  de montañistas. Automóviles como naves estrambóticas entre los árboles  retorcidos. Pero ¿qué decía la naturaleza? Había leído tantas páginas  en que se describía cómo los amantes hacían el amor sobre las hojas  secas y el pasto... Qué incómodo tendría que ser... Pero por lo menos  allí, en su derredor, todos tenían comida y bebida en abundancia.  Predominaban las cervezas. Una viejita repasaba con los dedos las cuentas  de un rosario. Todos sonreían. El escritor sostenía a Beatriz sentada  en sus piernas y se aferraba a su cintura como para impedirle cualquier  escapatoria. Ella era su rosario y la acariciaba con devoción religiosa.  No sabía que montabas tan bien, le dijo a la bailarina por lisojearla.  Y como no, si estoy acostumbrada a montar caballos pura sangre... Y  desencadenó su risa teatral. Soplaba un poco de viento y los árboles  se movían con calidad lumínica. No habían visto animales, ninguna  clase de animales, ni siquiera insectos. Por un momento hasta se quejaron  de una especie de nostalgia por los animales. Ardillas, castores, conejos,  mapaches, cuervos, halcones, comadrejas, chivos, habría que ir a buscarlos  al zoológico. Cuando el sol perdió fuerza empezaron a guardar los  trastos y les sorprendió ver rocío sobre los techos de los coches  que se habían quedado a la sombra. Pero el escritor aún sin libro  publicado aún vivía la sensación de haber pasado un día enorme de  alegría, un día dilatado de afirmación y complicidad. Y quería defender  esa alegría, esas sensaciones, mantenerlas un rato más. Ya extrañaba  esos senderos entre los árboles, ligeramente sinuosos, de tierra apisonada.  Sus enemigos nunca pasarían por allí. El murmullo de los árboles,  en el que los griegos creían oír la voz del oráculo, tampoco decía  nada, no necesitaba decir nada, sólo murmuraba, susurraba, secreteaba,  vibraba, se sacudía. Quizás no había nada que interpretar ni delucidar  ni demostrar. Sólo estar, volver a estar, acordarse de haber estado,  describir que fueron, seguir, mantenerse allí, bien despiertos, los  árboles murmurando. En todo ese domingo no había podido escribir.  Cuán absurdo le parecía a veces escribir. Qué innecesario. Algo así  como la decadencia del querer, la pérdida de sus poderes, la caida  en el ocio y el aislamiento. El silencio rodeándolo por todas partes  y en su pecho la sensación de ramas de árbol que se abrián paso,  que se ensanchaban.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;ESTÁBAMOS EN LA oficina de  redacción y entraron dos hombres preguntando por el joven escritor.  El mayor de ellos dijo que había venido desde Uruapan y era doctor,  quería agradecerle una reseña que había publicado sobre un libro  de cuentos suyo, titulado &lt;b&gt;Blas Ojeda&lt;/b&gt;. Conversaron animadamente,  como si fueran viejos conocidos, y el joven escritor aún sin ningún  libro publicado terminó invitándolo a su departamento esa misma noche  a las ocho. No contaba con que iban a despedir ese mismo día a su hermano,  que era el jefe de redacción, y que él tendría que absorver todo  su trabajo. El doctor y su amigo llegaron a su departamento a las ocho.  Afortunadamente estaba el actor y él los entretuvo con facilidad. El  escritor llegó a las 10, abrumado de vergüenza y los cuatro salieron  a cenar. Al día siguiente el joven escritor acompañó al doctor al  ISSTE para cobrar una factura. En Michoacán, el doctor era dueño de  ocho farmacias adonde surtía recetas del Seguro Social y del ISSTE,  que luego les cobraba a esas instituciones. Fueron a comer juntos. El  doctor de 45 años parecía deslumbrado por la vida del escritor de  20. O el provinciano de Uruapan veía con ánimo entomológico la vida  de un chilango que se las daba de intelectual. O el escritor pobre veía  con envidia y nostalgia el despliegue de riqueza que presumía ese galeno.  Al cuarto o quinto día el doctor le prometió regalar los muebles que  le hacían falta en el departamento. El refrigerador, por ejemplo. Una  silla con ruedas y brazos y que pudiera reclinarse, para escribir. Y  amenazaba con no irse de la ciudad si el joven escritor no lo acompañaba  a Uruapan. ¿Pero cómo ir hasta allá con trabajo doble que hacer en  la oficina? Iban juntos a la oficina e incluso a una sesión del Centro  Mexicano de Escritores en la calle Río Volga. Caminaban no muy lejos  de ahí y notaron que el Sanborns que estaban construyendo donde antes  había una distribuidora Ford, se inauguraría a fin de mes. En la esquina  de Lerma y Danubio, en el antiguo solar de las ratas, estaban cimentando  un futuro edificio. El Café Lerma había desaparecido. Al doctor parecía  encantarle ese tipo de conversación. Le fascinaba ser señor de dos  mundos, la provincia y la capital. Hablaron también de las nuevas novelas  publicadas, de sus proyectos literarios y sus ambiciones como escritores.  El capitalino le presentó a todos sus amigos del medio cultural. El  doctor los invitaba a centros nocturnos de lujo. Iban el escritor y  Beatriz, el pintor y su esposa, el actor y su bailarina. Pero la bailarina  se aburría en semejante compañía, no se explicaba cómo, si eran  tan cultos, hablaban nada más de frivolidades sin importancia. Jugaban  a Mr. Lalo Detective hasta que amanecía. Beatriz siempre descubría  al asesino, el lugar del crimen y el arma antes que cualquier otro.  Había que deducirlo a partir de lo que decían los demás, que podían  mentir si querían, que casi siempre mentían. La bailarina ganó el  tercer juego y Beatriz todos los demás. Un joven dramaturgo los acompañaba  algunas veces pero tuvo que viajar a Puebla, adonde montarían una obra  suya. Hasta que llegó el día en que el doctor debía irse, pues tenía  muchos negocios que atender, pero antes de partir les hizo prometer,  casi jurar, que el joven escritor iría a visitarlo a Uruapan en cuanto  fuera posible. Uruapan... En esa época el joven escritor aún sin ningún  libro publicado creía que fuera de la ciudad de México todo sería  Cuautitlán. Esa noche el pintor y su esposa se fueron a vivir al departamento  del joven escritor por una semana, ya que el actor y su bailarina se  iban de gira. Al joven escritor le gustaba mucho esa otra pareja porque  se veían felices, satisfechos, contentos, solidarios. Y así apaciguaba  su desasosiego.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;SE SENTÍA INDESCIFRABLE para  sí mismo y quería ser legible para los demás. Los árboles del domingo  le servían para sus notas de hoy. Sus sombras eran verdes y blandas,  oscilaban sobre la tierra que todavía retenía la humedad por la vuelta  que acababan de dar. O mejor: los árboles constituían una larga empalizada  a lo largo de la carretera y sus copas se fundían, no, se tendían,  no, se diseminaban, no, ¿se rendían? Mejor: la hierba verde y amarilla  todavía brillaba por el rocío y la tierra humeaba bajo la luz de esa  hora. Ay, sus cristeros de nombres rurales: Melitón, Epifanio, Teodosio,  Dimas, Chema, Victorino, Epigmenio, Maximiliano, Panchito, Celestino  y Sabino trabajaban en ese paisaje y golpeaban unas vías de tren con  zapapicos y palancas improvisadas. ¿Tendría que individualizarlos  a todos? ¿Y cómo escapar del rasgo físico representativo? Es decir,  ¿cómo representarlos al margen de panzas grotescas, greñas alborotadas,  bigotes, calvas, narices mayas, labios leporinos, orejas de murciélago,  ojos color cobalto, huaraches, botas, tartamudeos o voces aguardientosas?  Se acercaban las mujeres con la comida. ¿Enrebozadas? Llegaban más  hombres. Onomatopeyas, ruidos de hierro contra hierro, de madera contra  hierro, de durmientes contra el suelo, de picos contra la tierra humeda.  Quejidos, sudores, hedores, palabrotas, conversaciones circunstanciales.  El lentro camino de la luz por el firmamento. Después de un buen rato,  de muchas horas desperdiciadas, de algunos tachones, la página escrita,  colmada, cebreada. Una paz perentoria. Quería plantear los preparativos  para el descarrilamiento de un tren federal. Todo debería quedar listo  al anochecer. Los hombres se esconderían. A ellos los llamaban huarachudos,  comevacas, descamisados, jenízaros... A lo lejos se escucharía el  silbato del tren. Este proyecto, mientras avanzaba, se titulaba &lt;b&gt;Trenes  a punto de descarrilar&lt;/b&gt;. En otra carpeta quería terminar el asalto  a una iglesia. El baile de un soldado con la estatua de una virgen mientras  afuera de la iglesia fusilaban a un centenar de campesinos. El coronel  Mano Negra ultimando a un soldado que traía al cuello un escapulario.  En otra sección, en los patios de San Ildefonso, entre corrillos de  estudiantes, el escándalo, la aprobación o desaprobación de la nueva  cátedra de Teología. Los que querían entrar y los que impedían la  entrada. El titular de la clase asustado, pálido, tembloroso, desencajado,  rencoroso. Una mujer decía que había que rebautizar todos los lugares  con nombres de santos. Un gordo, que debía iniciarse una guerra de  extenuación. José Clemente Orozco aún trabajaba en los murales del  tercer patio de la Preparatoria, y miraba con dureza un andamio roto,  con un grueso pincel en su mano sana. &lt;i&gt;A mí me corrían de las iglesias  porque me reía y de los prostíbulos porque rezaba.&lt;/i&gt; Le atribuía  esa frase a Orozco, no sabía por qué, no recordaba dónde la había  leído o escuchado con anterioridad. D. H. Lawrence en Oaxaca, Querer  escribir. Qué absurdidad. A veces le dolía la espalda. Lo sorprendía  cierto desamparo. Pero al criticar o rechazar su tarea ya estaba en  su tarea, era parte de su tarea. Se quedó mirando la fotografía de  un desfile deportivo en 1926, en el que sobresalía una manta vociferante:  UN GIMNASIO EN CADA IGLESIA. Pero del fondo de su conciencia parecían  partir varias órdenes. No escribirás. Seguirás siendo libre. Guardarás  silencio. Desconocerás las palabras. ¡No te encadenes nunca a las  palabras! O enrédate, complícate con las palabras. Pero el joven escritor  aún sin ningún libro publicado pensaba muy adentro, muy en el fondo,  que sólo conocía palabras, peor aún, que no conocía nada sino palabras...  Escribe para no decir nada, seguía su detractor. Escribe para decir  algo, le susurraba yo. Una obra real, ambiciosa, conservadora, una verdadera  novela, se escuchaba por otra parte. La novela de la década. Un libro  trascendente, importante, definitivo, seguía la voz. Y yo: ninguna  obra, sólo tus vivencias, tus prejuicios, tus sueños, el deseo de  conocer lo que desconoces. Escribe para actuar, seguía la voz. Escribe  tú que tienes miedo de actuar, contradecía yo, tú que tienes miedo  de amar, tú que tienes miedo del mundo, tú, cochambroso, nauseabundo,  inmodesto, impúdico... Tú que piensas lo inmundo del mundo. Tranquilízate.  Sosiégate. ¿No puedes dormir? Relájate. La noche afuera era demasiado  joven. Demasiada poca nocturnidad.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;NO BASTA CONCENTRARSE para  encontrarlo, a veces aparece de pronto, como en un sueño, a veces se  insinúa, me acerco y se desvanece. Lo perdí durante algún tiempo  y volví a dar con él cuando volvió de Michoacán. Venía deslumbrado  por la majestuosidad de Morelia, por el encanto decimonónico de Uruapan,  adonde sólo desentonaban los automóviles y los postes con el cableado  eléctrico. Hablaba con entusiasmo del río que nacía allí mismo y  se llamaba Cupatitzio; de una roca con una oquedad a la que llamaban  La Rodilla del Diablo, de una cascada como de comienzo del mundo bautizada  Tzaráracua. Bah, lo descalificaba el actor, todo estará lleno de basura.  No, defendía él, todo está muy limpio, muy bien conservado, son muy  conscientes. Pero se llenará de basura, ya verás. Describió la casa  del doctor, muy espaciosa, con tres patios bordeados de macetones y  mucho sol y habitaciones, gruesas paredes de piedra, mucha humedad.  Lo único que desentonaba era la ropa de la gente. Debían haber estado  vestidos como en la película de &lt;b&gt;La Monja Alférez&lt;/b&gt;. La comida  era increíble, de chuparse los dedos, deveras, de diez cocineros metidos  durante horas en la cocina. Pensaba quedarse varios días pero lo llamó  el Director del periódico, que lo necesitaban inmediatamente y debía  regresar. El camión había hecho 10 horas. Salió de Uruapan a las  nueve de la noche y había llegado al DF a las siete de la mañana.  Durmió gran parte del camino. Venía leyendo &lt;b&gt;Entre las patas de  los caballos&lt;/b&gt;, de Rivero del Val. Fue a la escuela de Beatriz para  que le prestara las llaves de su departamento de Río Poo, y poder acicalarse  allí. Apenas entró le disgustaron los ruidos de un kínder que se  veía desde la ventana. La maestra hablaba del origen de los seres humanos  según el cristianismo. Describía a Luzbel y dramatizaba mucho (escuela  Teatro de Chespirito). Decía &lt;i&gt;iiinnnnffffiiieeeeeerrrrrrnnnoo&lt;wbr&gt;oooo&lt;/i&gt;,  engrosando la voz. Y cuando los ángeles buenos expulsaban a los malos  los niños gritaban de entusiasmo y aplaudían. El actor lo escuchó  durante un buen rato y cuando pudo intervenir le contó que había terminado  con la bailarina después de una gran pelea. El joven escritor lo había  llamado durante muchos días sin suerte y deducía que no había estado  en el departamento ni una sola vez. Ahora lo comprendo todo, pontificó:  estás amargado. La bailarina tenía una belleza teatral, algo así  como que se le veía el miedo de parecer fea, no esbelta, distraída,  normal. Miedo de ser normal. Pero la casa del doctor lo había fascinado.  Le habían propuesto que fuera allí para pasar su Luna de Miel... Si  se casaba pronto... Mosaicos, paredes blancas, techos altísimos, vigas  a la vista, enormes ventanas enrejadas. En Uruapan había 170,000 habitantes  y los principales se conocían entre sí, lo que no dejaba de tener  sus bemoles, porque, fíjate decía el joven escritor, que los católicos  ortodoxos del lugar, ya le habían retirado el saludo al doctor porque  en su libro predominaban los temas sexuales. Y peor, como en &lt;b&gt;Blas  Ojeda&lt;/b&gt; hay un cuento que describe a dos poderosos rancheros de los  alrededores, éstos lo han amenazado de muerte, aunque no han leído  el texto, ni falta que les hace. ¿Y ahora? Existían momentos en los  que necesitaba pedir ayuda, pero ¿a quién? Y al joven escritor lo  esperaba un trabajo de minero azteca. ¿No quieres ayudarme? ¿Qué  tendría que hacer? Debes leer 20 libros y escribir pequeñas evaluaciones  de cada uno. ¿En cuánto tiempo? Para hoy en la noche, antes de las  nueve. Cuando salían la sirvienta les prometió que iba a quitar la  mancha australiana que había provocado en la alfombra. No va a poder,  comentó el actor. Ya cásate, le dijo el joven escritor escalereando  delante suyo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;UNOS DÍAS DESPUÉS el actor  consiguió trabajo en la nueva revista del cabaret Can-Can. Iba a trabajar  con una suculenta belleza como dama joven y a ganar 259 pesos diarios,  aunque si el espectáculo duraba más de tres meses, le ayumentarían  a 400 diarios. Había terminado definitivamente con la bailarina histérica  y con ese rompimiento se habían frustrado sus deseos de entrar al gremio  de Televisa. Beatriz apareció por la mañana y juntos salieron a la  Librería Del Prado. Allí el joven escritor se encontró a su hermano,  que había pasado por el apartado postal y recogido dos cartas de su  amigo en Brasil. Sus vecinos le habían dicho a la esposa de su hermano  que el joven escritor se había ido a Europa para no comprometerse ni  verse obligado a casarse con Beatriz, que el padre de Beatriz lo andaba  buscando para pegarle y otros chismes igualmente absurdos. Con mucha  mano izquierda el joven escritor le pidió a su hermano que no recogiera  su correspondencia. Había una invitación del expresidente licenciado  Alemán, que lo invitaba a una cena de toga en el hotel María Isabel  porque iba a recibir su título de Doctor en Letras. El joven escritor  aún sin ningún libro publicado pensaba disculparse porque no tenía  toga, y además lo intimidaba semejante oferta, ya que podría tratarse  de una broma de muy mal gusto. Beatriz le había fingido un apoteótico  orgasmo y aunque poco después lo confesó, el joven escritor se sintió  pésimo, deprimidísimo, la regañó y se hundió en un franco y denso  malhumor. Beatriz lo besuqueaba traviesamente hasta que consiguió desvestirlo  e hicieron el amor de nuevo y todo salió bien. Esto había sucedido  un par de días atrás, en el elevador del periódico, y ella seguía  haciéndole burla, provocándolo, y él seguía molesto. Lo llamaba  Inmundo, Caca Aguada y Aborto Degenerado. Afirmaba que no sabía que  era tan berrinchudo, tan cascarrabias, tan cagatintas. Pero también  habían despedido del periódico a su hermano y él pensaba ganar un  mejor sueldo al ocupar su puesto. Planeaba ir a la Casa del Lago con  toda su pandilla para asistir a un espectáculo de Juan José Gurrola.  De allí se seguirían al cine club para ver &lt;b&gt;Un rostro en la muchedumbre&lt;/b&gt;,  de Elia Kazan, y más tarde correrían para tratar de alcanzar &lt;b&gt;Il  Sorpasso&lt;/b&gt;, con Vitorio Gassman, que era la película de moda. Entre  broma y broma Beatriz lloraba porque las pruebas para poder ingresar  en la Facultad estaban dificilísimas, empezando por la sección de  español, y eso sin hablar de matemáticas... Transforme el infinitivo  en la forma apropiada del pasado y explique su valor… &lt;i&gt;What&lt;/i&gt;?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;ESCRIBÍA A DIARIO para ejercitarse,  como se ejercitan los deportistas, pero comprobaba a diario que en vez  de escribir mejor, escribía peor. Cada día que pasaba, cada día que  crecía, cada día que se acercaba más a cierta clase de madurez, peor  sabía pergeñar adjetivos, sustantivos e ideas. Pensaba en esto, murmuraba  esto mientras se rasuraba con su rasuradora eléctrica. El actor había  salido a desayunar y el joven escritor no escuchó que Beatriz tocaba  el timbre, porque además del ronroneo feroz de la rasuradora junto  a sus oídos y la puerta del baño cerrada, tenía a buen volumen un  disco del Modern Jazz Quartet. El actor se encontró en la esquina a  Beatriz y le prestó sus llaves. Subió enfurecida. Estaba tan fuera  de sí que asustaba. Y aunque el joven escritor trataba de hacerle ver  que no había por qué enojarse, ella siguió así todo el camino hasta  la Casa del Lago. La obra resultó muy divertida y plena de buenas intenciones.  Tenían muchas ganas los bailarines de bailar y bailaban a como les  daba su energía y experiencia, que no era mucha, y lo mismo pasaba  con la música y las canciones. Pero aplaudieron el esfuerzo. Estaban  juntos el dramaturgo que la había adaptado y su mujer, el actor y la  bailarina (que había ido por su cuenta), el pintor y su esposa, Beatriz  y el escritor. Sobre la esposa del pintor todavía tenía ingerencia  la madre. De manera que porque la madre se opuso, no pudieron acompañarlos  al cine. La bailarina quería ir a casa de una tía y le pidió al actor  que dejara que nos fueramos. Eso bastó. Beatriz se sintió ofendida,  aunque la frase no fue dicha en tono de ofensa. Beatriz se enfurruñó.  ¿Quién era la enojona?, trató de bromear el escritor. Uy, pero echaba  humo. Fueron a tomar helados y pagó él, aunque la bailarina pidió  unos cigarros y pagó con un billete de 500. Se despidieron y fueron  a casa de Beatriz en un taxi. En cuanto bajaron Beatriz gritó que no  soportaba a la bailarina y que no quería ir a ninguna parte con ella  ni volver a verla nunca. El joven escritor trataba de calmarla. Avisaron  que comerían fuera y que planeaban ir al cine club. Beatriz se mordía  los labios muy fuerte y en un nuevo taxi se tiraba de los cabelos y  golpeaba el asiento completamente enloquecida. ¿Dije ya que sus cabellos  eran muy largos, lacios, negros? El joven escritor trató de besarla  y su saliva sabía amarga. En el restorán se negó a comer y le prohibió  que la tocara, que le hablara, que la mirara. La bailarina había estado  hablando de tonterías clasemedieras. Que le gustaba más salir con  su mamá que con el actor porque su mamá le decía a cada rato que  era maravillosa, que era guapísima, que era esbelta, sensual, misteriosa,  inteligente, inquietante... Un-regalito-de-Dios-al-mundo. Y claro, el  actor nunca le decía nada de esto. Que no comprendía por qué Beatriz  y el joven escritor no hablaban de libros. A Beatriz se le había atragantado  la nieve de vainilla. Y luego todas esas escenas que la bailarina provocaba  para mostrar su dinero, como comprar unos cigarros de a peso con un  billete de a 500. Fueron al cine y pasaron por el pintor y su esposa.  Ellos los acompañaron hasta la casa de Beatriz. Cuando se despidieron  Beatriz empezó a gritar con las manos crispadas que le dijera que ya  no la quería, que ya no iba a salir con ella, y que iba a suicidarse.  El joven escritor, que se sentía inseguro hasta de escribir con coherencia,  temía estar impedido hasta de hablar coherentemente, pero así y todo,  durante un tiempo fuera del tiempo, durante horas o días o meses, le  dijo que eran demasiadas nueces por tan poco ruido, que su relación  estaba por encima de esos disgusto, que deberían gozar su derecho a  ser diferentes en vez de bronquear con todo el mundo, que a lo mejor  estaba tan irascible porque no había comido en todo el día, que aceptara  comer algo antes de que se separaran. Y quién sabe cómo serían las  palabras, o las caricias, o las miradas, o los impulsos eléctricos  o químicos, Beatriz terminó por aceptar y caminaron hasta una taquería.  Luego fueron a Río Poo e hicieron el amor. Y de post-coitum, exhaustos  por tanta violencia, por tanta conflagración, por tanto ir y venir,  por tantos sudores y sinsabores, Beatriz empezó a decir que se había  equivocado, que prometía ser más tolerante, que comprendía que no  podía odiar a la bailarina, que no la odiaba, que incluso la quería  y admiraba, que pensaba ofrecerle disculpas. Y el joven escritor aún  sin ningún libro publicado no comprendía como alguien tan regalado  de dones, cifra de salud y belleza, podía contener tanto miedo, tanta  ira, tanto odio, tanta mala voluntad, tanta incomprensión. Como alguien  así podía ser, en suma, tan desconocida, tan imprevisible, tan ajena.  O no era Beatriz, sino el mundo, o no era el mundo sino esa ciudad,  la que ya no era una ciudad de esperanzas y futuros, sino una ciudad  cerrada, condenada a la injusticia, la irracionalidad, la corrupción,  la violencia y la culpa.   &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;LLAMARON DE LA compañía de  teléfonos con un &lt;i&gt;ultimátum&lt;/i&gt;: que debía ir a pagar su adeudo  porque si no cortarían el servicio. Dos llamadas a Brasil, 194; tres  a Estados Unidos, 127; una a España, 180; más la friolera de 384 llamadas  adicionales, uf... En fin. Al actor le sorprendía cuántas veces sonaba  el teléfono y cómo hablaba el joven escritor aún sin ningún libro  publicado. Por otra parte quizás le quitarían la máquina de escribir.  También se había atrasado un par de meses con los pagos y no tenía  para cuándo poder hacerlos. Pero no le preocupaban esas deudas, sino  otro nuevo problema, y éste con mayúsculas. El próximo fin de semana  la familia de Beatriz dejaría su casa en la colonia Nápoles y se cambiaría  a Olivar del Conde, arriba de Las Aguilas, allá adonde decían que  “Tarzán había perdido su cuchillo”. No había autobuses hasta  ese lugar, excepto unos foráneos que hacían dos viajes al día, de  Olivar del Conde a Mesones, cargados de gallinas, verduras y fruta.  Se cambiarían allí porque les regalaban una casa padrísima, y porque  debían cuatro meses de renta por el departamento de Nápoles, donde  además tenían conflictos con casi todos los vecinos. El problema no  era que pudieran o no cambiarse, sino ¿cómo iría Beatriz a la escuela?  Su familia propuso que se quedara a vivir con una tía que vivía detrás  de la Basílica, pero Beatriz prefería vivir con el joven escritor,  allí en la Cuauhtémoc, en Río Poo, y eso los tenía más que nerviositos.  Ayer hablaban de eso y el joven escritor, de pronto acorralado, le propuso  a-boca-de-jarro que se casaran. Ella se puso Feliz. Él Asombrado, Desconcertado,  Anonadado. El problema empezaba a complicarse porque ni el Director  del periódico ni su amigo librero aprobaban el matrimonio. Ni el actor,  que tenía confianza en su futuro y le advertía que cuando fuera escritor  famoso tendría muchas mujeres. Hasta la portera de su edificio y el  peluquero opinaban que no debía casarse. En cambio las parejas estables  los empujaban. ¿Qué opinión seguir? ¿Cuál voz oír? Se sentía  en el epicentro de la confusión. ¿No debía ser la claridad su ley?  Sí, sobre todo La Claridad. Quería salvar a Beatriz, debería salvarla,  pero el matrimonio lo ahogaba aún antes de celebrarlo. Debía justificar  su amor y firmar un documento que lo condenaría. Debía tener control  de la situación y se sentía el origen, el centro, el Papá de Todas  las Confusiones. Tendría que empadronarse y sacarse unas fotografías  para regularizar su Cartilla. Por otra parte Beatriz era guapísima  e inocente. El actor y su bailarina se habían reconciliado. Escribe,  le susurré una vez más, tú que no sabes qué hacer, deja hablar en  ti a todas las voces, desahógate... Pero cuando llamó a Uruapan para  describir sus dilemas a su amigo doctor, éste le recomendó: no dejes  que nadie piense por ti, que nadie hable por ti, que nadie decida por  ti. Y si decides casarte, te casas y se vienen a Uruapan a pasar su  Luna de Miel... Acá los festejaremos como se merecen... ¿Y usted?  El doctor se oía preocupado. Recibía nuevos y más feroces mensajes  anónimos con amenazas de muerte. Perro-que-muerde-no ladra, le decía  el joven escritor aún sin ningún libro publicado, ¿y si te vamos  a visitar y me matan a mí creyendo que eres tú? A su edad todavía  se podía reír de todo. Sus asuntos iban a seguir muy José Revueltas  durante un buen tiempo. Él se prepararía con honestidad y pasión.  En su círculo actual tenía pocos, casi ningún estorbo fuera de él,  pero dentro de sí intuía que le quedaban muchísimos más conflictos  que los que podría manejar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;QUETZALCÓATL, AL SER la Estrella  de la Mañana, era el reconciliador de las polaridades cósmicas hombre-mujer,  noche-día, juventud-vejez, blanco-negro, cielo-tierra. Su llegada se  celebraba con himnos apocalípticos estilo capilla y con bailes al son  de tambores prehispánicos, sermones y oraciones en prosa. D. H. Lawrence  elaboraba todos estos rituales para Ramón, uno de sus personajes, quien  asumía el movimiento renovador de la fe y quería que los teutones  regresaran a Wotan y los irlandeses a Tahua De Danaan. Rezaba desde  sus ganglios lumbares mientras su esposa, devota católica, lamentaba  sus frustraciones. Ella lo amaba como una madre, y sufría más de la  cuenta por el abandono de Jesús Nuestro Señor. Ramón celebraba el  carácter emergente de la eternidad, esa cuarta dimensión en la que  brote, raíz y flor serían una misma cosa. La esposa moriría como  la vieja fe y el viejo estilo de matrimonio. El retrato de Ramón era  un poco el retrato del arqueólogo Manuel Gamio, quien descubrió las  cabezas de Quetzalcoátl que Lawrence logró contemplar en Teotihuacán.  Por otra parte Kate Leslie se acercaba al indio Cipriano, que era el  fundador del nuevo culto a Quetzalcoátl, para rechazar así a sus amigos  norteamericanos por mecánicos, falsamente tolerantes, falsamente eficientes,  arrogantes e incapaces de percibir el verdadero mal, “parecido a un  reptil”. Kate Leslie no quería que nadie la tocara y se negó a unirse  al Ejército de Salvación Mexicano. Se casó con Cipriano, en una ceremonia  que sería legalizada muy pronto. “Este hombre es mi lluvia desde  el cielo... Esta mujer es la tierra para mí...” Ambos veían la Estrella  de la Mañana. Kate Leslie creía en un pequeño abismo necesario entre  una persona y otra, abismo que cerraban la mayoría de las mujeres con  sus ambiciones egoístas y sus intereses mezquinos. También creía  en la necesidad de cada uno de estar en contacto directo con el Cosmos.  Pero el primitivismo de Cipriano más bien la condujo al “antiguo  misterio fálico”, que para las mujeres implicaba la obligación “de  sumisión, de sumisión absoluta”. Ella se convertiría en un valle  de sangre complementario al cetro sangriento de él. Y su satisfacción  en esa situación sería más profunda que cualquier orgasmo. Aunque  Cipriano no aprobaba el orgasmo femenino. ¿Cuántas culturas aún no  lo aprobaban? Cipriano era un hombre amargado, viejo, iracundo, que  ya había dejado de tratar de comprender el mundo y que observaba todo  con una mirada desconfiada y celosa. Después de todo ¿qué importaba  el orgasmo? Cuando se hablaba de un “quinismo sexual” y se trataba  al orgasmo como una descarga agónica de tensión, al joven escritor  aún sin ningún libro publicado le era difícil no pensar en sus compañeros  de generación, que en los burdeles de la calle Mesones ni siquiera  se quitaban los pantalones para hacer el amor, pues efectivamente sólo  se trataba de llegar a la eyaculación. ¿Había que entender entonces  el acto sexual sólo como un substituto de la masturbación? Después  de Freud ya se empezaba a hablar de orgasmo como una tranquilización,  un alivio, un desencanto, una cosificación injustificada de la sexualidad.  Inclusive se le estaba demonizando. Y de pronto Lawrence parecía tan  dogmático, tan anticuado, tan romántico, tan candoroso, tan insatisfecho,  tan desesperado, tan envarado y tan ingenuo, que hasta se parecía extraordinariamente  al joven escritor aún sin ningún libro publicado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;EL PADRE DE Beatriz se confundió  tanto con la eventualidad del matrimonio que empezó a gritar y arrojar  lámparas y platos contra las paredes. La madre se oponía a que le  dijeran algo sobre la boda, pretendía que preparasen todo y le avisaran  sólo horas antes, dos o tres horas antes. Fijaron una fecha. El joven  escritor todavía sin ningún libro publicado fue a fotografiarse y  a empadronarse. Afortunadamente la mamá de Beatriz accedía a que el  matrimonio fuera sólo por lo civil. A él le preocupaba qué iban a  hacer luego de varias semanas de algarabía y autodescubrimiento, siempre  juntos, 24 horas, día y noche. Se preguntaba si sería imposible imponer  reglas, algunas reglas, y sobre todo ¿podría con el paquete? Imaginaba  toda serie de obligaciones y responsabilidades ilimitadas, el fin de  su libertad individual. Y por otra parte estaba la posibilidad de un  embarazo no deseado y con él, la otra responsabilidad aún más espantosa,  de un hijo tarado o cucho. Aunque podrían ser estériles. ¿Cómo saberlo?  Bueno, en casi cuatro años de relaciones conyugales no había logrado  embarazarla ni una sola vez. No era que hubiese tratado. Simplemente  no se dio ningún embarazo. Y vaya que fueron descuidados. La bailarina,  en cambio, estaba embarazada y su mamá quería que abortara. Su mamá  fue también quien la obligó a que iniciara relaciones sexuales con  el actor. Los encerró un día en una recámara y los amenazó con no  dejarlos salir hasta que su hija dejara de ser virgen. La bailarina  nunca hablaba del ritmo de su período, y cuando menstruaba se negaba  a salir y encerraba en su casa por cuatro o cinco días. El actor hacía  cálculos, especialmente las veces que no usaba preservativo, pero nunca  estaba seguro. Por otra parte insistía mucho en que su amigo escritor  no se casara. Se estaba precipitando según él. El escritor, por su  parte, arreglaba cualquier oposición asegurando que podría divorciarse  en un par de años. Pero el actor insistía en que analizara su futuro  muy bien, que se imaginara no el día de la boda con todas sus euforias,  no el primer mes, sino más allá, 10 meses, dos años, tres. El escritor  protestaba sin mucha vehemencia y hablaba de no poder prevenir el futuro,  de no poder pensar en el futuro, de no poder conocer el futuro. Le resultaban  conmovedoras esas personas que ahorraban para la vejez y que aparecían  muertas antes de tiempo, según lo consignaban las páginas rojas de  los periódicos. Además ¿cómo era posible intuir, siquiera sospechar,  hacía un año, que ahora, un año después, no sólo seguiría con  Beatriz, sino hasta estaban planeando un matrimonio. ¿No decía Kant  que el casamiento era la autorización para que cada uno de los cónyugues  se apropiara de los genitales del otro?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;EN LA ESCUELA de al lado la  maestra no daba propiamente información, sino que actuaba, vociferaba,  daba órdenes, transmitía consignas, presionaba para que los niñitos  y niñitas produjeran enunciados correctos, los obligaba a igualar la  pronunciación de determinados sonidos, incisivamente subrayaba ante  ellos las ideas que creía justas, dominantes, cristianas, como si el  lenguaje fuera no para ser creído, sino para ser &lt;i&gt;obedecido&lt;/i&gt;.  What is the color of the little &lt;i&gt;canastita&lt;/i&gt;? El joven escritor  aún sin libro publicado se distraía así de su lectura, pero volvía  pronto al libro, que abría con mucho cuidado, tratando de que no fuera  a crujir ni a maltratarse. Despatarrado en el sillón conseguía un  aislamiento necesario, sumergirse otra vez en esa historia de un niño  sin padre, de un huérfano de padre que vivía con una madre autoritaria.  Y éste niño tan vulnerable un día encontraba por casualidad una caja  de zapatos con fotografías de su padre desaparecido. Fotos de cumpleaños,  de cuando era niño a la vera de un triciclo, en un bosque, de un baile  de graduación, de cuando se enlistó en el ejército, de su primer  uniforme de gala, al pie de un avión poco antes de que lo mataran.  El niño del cuento que leía cambiaba las fotos de la caja de zapatos  a una refinada caja de bombones y todo el día se la pasaba repasando  esas imágenes debajo de una escalera. Lo impresionaba sobre todo una,  cuando su padre debería haber tenido la misma edad que él, niño todavía,  pues creía mirarse a sí mismo, a otro sí mismo. Por si fuera poco  estaba enfermo de tuberculosis, de desnutrición, de tristeza, de abandono,  de soledad, de melancolía. La madre todo el día hablaba por teléfono  y lo desatendía. El niño no debía llamarla mamá, sino Ethel. Y un  día la madre despertaba súbitamente y descubría que su hijo no estaba  en la cama y se angustiaba. Había que recordar que el niño estaba  muy enfermo. Después de una histérica búsqueda, daba con él bajo  la escalera, dormido, envuelto en una manta y con algunas fotos del  padre muerto entre las manos. Para esto la madre se creía todavía  joven y hermosa, y quería pasar por soltera. Le pedía al niño las  fotografías y él protestaba. En un determinado momento gritó: ¡No,  mamá Ethel! Y ella se enojó como nunca. ¿No te he dicho que no me  llames mamá? Se volvía diabólica, crispada, ajena, terrible. Le quitó  al niño la caja con fotografías pero después reflexionó con malicia  y se las devolvió. Tráelas tú misma, propuso y empezó a descender  hacia el sótano. El niño nunca bajaba ahí y sentía miedo, así que  empezó a bajar por la escalera asustado, inseguro, aferrando las fotografías,  vale decir, con su padre, la caja de bombones fuertemente apretada contra  el pecho. En medio del sótano había un horno encendido y la madre  lo abría y exigía que le entregara las fotos, que las arrojara él  mismo allí, al fuego crujiente, amenazador, terrible, definitivo. El  niño huía como un pajarito, revoloteaba por la habitación sin saber  cómo escapar. ¡No creas que voy a tener paciencia para tus payasadas!,  gritaba su madre. Algunas fotografías caían al suelo y el niño se  derrumbaba para recogerlas. Ella no podía dar crédito a sus sentidos.  Ese niño no podía ser su hijo, parecía un animal lisiado y derruído  que huía de su propio dolor. ¡Dáme esas fotografías!, exigió, y  se las arrebató al niño y las arrojó al fuego que las recibió alborotado  y ruidoso. Se volvió para quitarle las demás, pero tuvo que detenerse.  El niño se había encogido, engarruñado en el suelo y oprimía la  caja contra su pecho. Emitía un silbido hacia la mujer que la aterrorizaba.  Ella lo miraba pero no se atrevía a acercársele ni a tratar de llevárselo  de allí. El silbido ése, que ni siquiera parecía silbido, la asustaba  realmente. De la boca del niño salió “una substancia espesa, fibrosa  y de color negruzco, como si estuviera vomitando su corazón cargado  de amargura”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;EL PELUQUERO LE iba a prestar  dinero para pagar los abonos atrasados que debía por la máquina de  escribir y la cuenta estratosférica del teléfono. Al actor lo habían  contratado ya en el Can-Can y empezaba en unos cuantos días. Le estaban  ajustando el vestuario. Sólo él y su amigo librero lo presionaban  para que no se casara. En eso sonó el teléfono y era el doctor, su  amigo de Uruapan, ciudad que empezaba a llamar El Edén Subvertido.  Y a propósito de su matrimonio, el doctor se entusiasmaba con la idea  y lo animaba con entusiasmo. Quedó de hablarle pronto pues se le hacía  tarde y salió al trabajo. Notó que la mugre había empezado a cubrir  la mancha australiana de la alfombra que había resultado imborrable.  Camino al periódico pensó que ese trabajo era como una penosa obligación,  no una adaptación de su cuerpo y energía naturales. Escribir sobre  libros que no le interesaban implicaba una incómoda obligación ajena  a él, incluso extraña e insípida. Y con ese disgusto se adentraba  en el edificio del periódico donde además se oía el rugido de las  rotativas. Ya en su escritorio se pensó como un pequeño engranaje  de esa maquinaria tan compleja y grasienta y enorme, y muy pronto volvió  a oscilar entre el me caso o no me caso, como un péndulo, me caso,  no me caso. Tan fácil que sería vivir sin comprometerse a nada. Aunque  sabía ya que todo opinar se superaba con un movimiento mental. Montaje  y desmontaje. Improvisación y revocación. Pero ¿y el matrimonio?  La bailarina seguía provocando al actor. La mamá de la bailarina seguía  presionando para que su hija abortara y aseguraba que ella había tenido  27 abortos y seguía como Johnie  Walker caminando-tan-campante.  El actor no tenía ganas de salir y la bailarina lo había llevado casi  a rastras a un baile en beneficio de quién sabe qué institución.  ¿La de los Escritores Sin Libro Publicado? Sonó el teléfono y era  la esposa del pintor, que si se le antojaba ir a nadar al hotel Amazonas.  ¿Mañana? En fin, acabó su tarea, armó sus páginas, bajó al taller,  coqueteó con la recepcionista del Director del periódico, habló varias  veces por teléfono, interactuó con una docena o más de personas,  volvió a coquetear con la secretaria y se despidió. Cuando llegó  por la noche al departamento quiso llamar al peluquero para acordar  una cita y diablos ¡aún estaba conectado con El Edén Subvertido!  ¡Más de ocho horas! Empezó a gritar por el auricular y a colgar con  violencia, a sacudir el aparato, a apretar una y otra vez los pibotes  que se accionaban para colgar y descolgar, hasta que en una de esas  una voz de mujer eficiente le preguntó ¿ya terminó su conferencia?  El joven escritor aún sin libro publicado le explicó todo casi demente  de tan iracundo y ella lo regañó. Que si colgaba y descolgaba tan  insistentemente nunca iba a cortar la comunicación. Entonces el gritó  y dejó de gritar hasta descubrir que no tenía mucho sentido gritarle  así a una voz en el teléfono. Dejó el auricular en su sitio con mucho  tiento, y poco después ya daba línea. Indiferente. Como si nada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;UNO DE ESOS días abandonó  la oficina del periódico demasiado temprano porque se sentía mal.  Una especie de mareo, de extrema debilidad. Iban a pasar más de dos  décadas para que descubriera que esa sensación de extrema vulnerabilidad  se la producía –nada menos— la polinización de la primavera. Pero  por lo pronto el joven escritor aún sin ningún libro publicado atribuía  ese malestar a su extraordinaria actividad sexual. Cuarenta veces en  diecisiete días. O sería que no dormía bien, inquieto por la boda  tan probable como si no; en la adolescencia que iba a despedir si se  casaba; en sus nuevas y futuras responsabilidades. En su balance pesaba  más lo que iba a perder que lo que iba a ganar. Además le dolía algo  que podía llamar su herida Miller y su herida Durrell y su herida Borges  y su herida Fuentes y su herida Connolly y su cicatriz Faulkner. Por  si fuera poco a veces transcurrían días sin que su amigo actor apareciera  por el departamento. Ni siquiera sus huellas. Ni el olor a cigarro,  ni la cama revuelta, ni la almohada arrugada, ni la más mínima huella  en la alfombra superaspirada... Hablaba mucho por teléfono y por eso  precisamente se sentía solo y asustado. Por la noche llamó el Director  del periódico para preguntarle cómo seguía, y eso lo conmovió. Ya  nada más le dolían sus desgarrones Gide, Pavese, Butor, Cortázar,  Sartre, Dos Pasos, Wolfe. Llegó Beatriz y fueron al cine a ver &lt;b&gt;Motín  a bordo&lt;/b&gt;, un culebrón larguísimo que no se salvó ni por la presencia  de Marlon Brando. Y más noche, en casa de la familia de ella, cenó  como energúmeno pantagruélico tres o cuatro porciones más de las  que acostumbraba. Frente a la familia de Beatriz siempre se comportaba  tímido y apocado. No hablaba, sino que murmuraba. Era poco afusivo,  casi británico. Las tías de Beatriz nunca lograban oír lo que decía.  El hablaba con la cabeza muy hacia abajo y era más mesurado que lo  normal, como un ratón asustado. Al despedirse pensó tomar un taxi  pero se sentía demasiado lleno, casi indigesto y prefirió caminar.  No sabía si llegaría caminando hasta la colonia Cuauhtémoc, que era  adonde vivía, pero tenía ansias de devorar distancias, de patear el  suelo de México, de hacer de esa caminata nocturna un acto necesario,  una experiencia, un desafío, un destino. “Me extiendo como la bruma  entre las personas que mejor conozco”, decía Virgina Woolf, y él  lo recordaba mientras sorteaba coches estacionados y taxis en espera  del cambio de semáforo. ¿Y no eran suyos esos árboles sucios, esas  banquetas quebradas por innumerables movimientos telúricos y nunca  enderezadas por corrupciones políticas, esos edificios con algunas  ventanas encendidas, esos autobuses de pasajeros Mariscal Sucre en los  que había leído tantos buenos libros? Cuando estuviera casado no podía  salir a caminar así. Nunca le creerían. O a la mejor ya no lo necesitaría.  Porque le fascinaba Beatriz, le gustaba la posibilidad de poder abrazarla  y acariciarla todas las noches. Pensaba pedirle que siempre durmieran  desnudos. Siempre. Ahora sí donnadeó “qué mejor cobija para su  desnudez que yo, desnudo”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;SU SIGUIENTE JORNADA fue de  mujeres. Sintió que apenas acababa de acostarse cuando lo despertaron  nudilleando en la puerta. Era Soraya, una muchacha a la que admiraba  muchísimo por su belleza y su manera de cantar. Estaba nerviosa, alterada,  casi histérica. Le propuso un café y ella se ofreció a hacerlo mientras  él se bañaba. Luego vino la confesión. Estaba embarazada de un famoso  director de orquesta y ese mediodía tenía ya una cita para que le  practicaran un aborto. Como el joven escritor aún sin ningún libro  publicado la miraba con una cara de qué papel le tocaba a él en esta  obra, ella lo tomó de las manos y le pidió que la acompañara, asegurándole  que no podía confiar en nadie más. Fuera del director de orquesta  él era el único en saberlo. Sólo que el director no podía acompañarla,  porque tenía una reunión muy importante, de un fideicomiso. Se abrazaron  y él saboreó su cintura, su olor, las dimensiones maravillosas de  ella que lloró un poquito con su rostro junto a su mejilla. Cuando  llegó su exnovia Verónica, Soraya ya se había relajado y se fue más  o menos sonriente con sus pesadumbres y la nueva responsabilidad que  le había creado. Verónica había sido la primer novia del joven escritor  aún sin ningún libro publicado. Salían juntos cuando ambos cursaban  el primer año de Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras  de la UNAM, y entre jarchas mozárabes y etimologías griegas y latinas,  él la besaba y acariciaba sobre la ropa. Muchas noches, casi todas  las noches al terminar las clases en la Ciudad Universitaria, con otros  compañeros y compañeras caminaban jugando a lo que hacía la mano  hacía la tras, o burro castigado, o simplemente conversando. Y caminaban  hasta el centro de la ciudad. Cenaban churros con chocolate y volvían  aplanando banquetas hasta sus respectivos domicilios, los de ellos en  la colonia Nápoles, adonde arribaban cerca del amanecer completamente  agotados. Para su fortuna las clases comenzaban a las cuatro de la tarde,  y a veces ni aún así lograban llegar a la primera, que era la de Literatura  Española. Verónica encendió un cigarro. Había adelgazado y perdido  su expresión adolescente. Se peinaba con todos sus cabellos negro cuervo  a un lado de la cara, lo que la hacía verse teatral y estudiada. El  joven escritor le preguntó si aún era virgen y ella respondió que  no, que había sido desvirgada por un profesor que la comunidad suponía  homosexual, y con el cual se había acostado cinco o seis veces más,  pero que no quería compartirlo con ningún otro. El joven escritor  puso tal cara de extrañamiento que ella se río, y por reírse casi  se atragantó con el humo de su cigarro, y se acercó a la ventana abierta  para respirar aire puro, tose y tose. Arrojó la colilla hacia abajo  y al volverse hacia él con los ojos muy irritados, se desvaneció,  como derritiéndose. El joven escritor se levantó del sillón de un  salto y corrió al botiquín del baño por un frasco de alcohol. Le  pasó el brazo por debajo de la cabeza y la hizo oler, hasta que volvió  en sí. La ayudó a incorporarse y no pudo dejar de apreciar las maravillosas  caderas y volumen de los senos más que acariciables. Le ofreció un  chocolate caliente. Y entonces hablaron del probable matrimonio de él  y ella inquiría muchísimo sobre Beatriz, su edad, su porte, su educación,  sus intereses, cómo la había conocido, de qué hablaban. Hasta que  el joven escritor la confrontó con ¿tú te casarías conmigo? No me  lo estás preguntando en serio, contestó ella. Era una coqueta profesional.  Se despidieron y Verónica lo besó en la boca con una capacidad de  succión y unos movimientos de lengua y tanta lujuria, que el joven  escritor pensó que le había hecho mucho bien esa relación con el  profesor –titubeó—&lt;i&gt;bisexual&lt;/i&gt;. Antes de que te vayas, le dijo  entrando en la cocina, anótame tu número de teléfono en el pizarrón,  por favor. Lavó las tazas del café y las del chocolate y en eso llegó  Beatriz, que se veía muy hermosa, fresca, joven, feliz, frutal, navegable.  Sonó el teléfono más que imperativo y era el Director que lo regañó  porque se había planchado una solapa de un libro de Físico-Química.  Protestó que era imposible que leyera todos los libros que debía comentar  cada semana, que eso lo debería suponer todo el mundo, y que si leía  muchos, desde luego no eran precisamente los de química ni los de física,  ni los de ingeniería, medicina, economía y temas así. Además el  porcentaje de físico-químicos que leerían su sección debería ser  de uno por mil, o incluso menor. Bueno, al Director sólo le interesaba  un juicio de valor para guiar a la gente y que se hiciera de un prestigio  de honestidad para que sus lectores creyeran en él. Beatriz se despidió  y el joven escritor decidió caminar al encuentro con Soraya.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;AL PASAR FRENTE a un motel  notó que un coche se detenía para ceder el paso a unas niñas con  uniforme de una escuela comercial cercana. Eso le dio tiempo para acercarse  al automóvil frenado allí y cuál sería su sorpresa cuando descubrió  en el asiento del pasajero a la bailarina novia de su amigo. Y al volante  estaba el profesor bisexual que había estado evocando entre celoso  y envidioso, esa mañana. La bailarina lo saludó y el profesor lo invitó  a subir y lo llevaron hasta el hospital adonde se había citado con  Soraya. El joven escritor aún sin ningún libro publicado no sabía  cómo comportarse. Le faltaban varios años para que fuera capaz de  enarbolar cierto cinismo. Así que se malportó y estuvo hosco, antipático  y hasta colérico. El cielo y el infierno. Miradas que suspiraban y  reclamaban, empalagosas y lacerantes. Frases hechas. La adulación y  el desprecio. No pensaba contarle nada a su amigo actor. Ni a Verónica.  Su corazón congelado, maltratado. Más tarde trataba de poner en orden  todo ese desorden, todavía frente al escritorio en su oficina del periódico,  y apareció el Director y le contó algunos chistes. ¿Cuál es la diferencia  entre la amante y la esposa? No sé, respondió él. ¡Treinta kilos!  ¿Y la diferencia entre el amante y el esposo? Tampoco sé. ¡Treinta  minutos!… Luego el Director le ofreció disculpas por el regaño telefónico  pues consideró que había exagerado. Pero después de esta jornada  ya no podía ni sonreír. Tristes mamíferos todos. Sin brújula. Al  volver al departamento de Río Poo pretendía escribir. Empezar de nuevo.  Revisar. Por lo menos le quedaban sus proyectos y estos no lo traicionarían.  Quería hablar con, discutir con, escribir con... Con la ciudad de México,  con su porción de esa ciudad, con Beatriz, con su amigo actor, con  su amigo doctor, con su amigo pintor, con su amigo librero. Y nada de  una conversación, sino más bien una conspiración encarnizada, con  la lengua y contra la lengua, sólo arrebatos apasionados y feroces  de amor y odio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;DESPERTÓ CASI A las dos de  la tarde y su amigo actor y la bailarina hacían el amor en la cama  a su lado. En vez de volverse hacia la pared se quedó mirándolos,  cubiertos por las cobijas, y ella lo vio y se relamió los labios con  perversidad pecaminosa. Más tarde los tres se bañaron juntos y él  acarició a lo largo el cuerpo esbelto y firme de la bailarina con sus  manos enjabonadas, deteniéndose golosamente en la cintura, en el milagro  de los senos, en la ascensión de las nalgas y lo más ancho de las  caderas. Cuando llegó Beatriz entre los cuatro se pusieron a hacer  limpieza de las ventanas, pasar la aspiradora por la alfombra, llevar  las cortinas a la tintorería y pintar las paredes de blanco hospital.  Habían decidido casarse el miércoles de Semana Santa, porque así  el joven escritor tendría cuatro días consecutivos de vacaciones que  podían aprovechar en El Edén Subvertido. Salieron a comer tacos a  La Bella Unión y vieron un accidente estruendoso. Un volkswagen rojo  se había metido al banco de Industria y Comercio y había chocado contra  el mostrador. Al conductor no le había pasado nada pero la angustia  y el susto le transfiguraban el rostro. Docenas de personas se acumularon  allí y lo extraño era que la alarma del banco no había sonado. Las  tías de Beatriz se oponían a que se casaran en Semana Santa. Pero  ¿por qué? Es que son días de recogimiento, aclaraban. Pues por eso.  Pero las ancianas no entendían el chiste. La bailarina no quería volver  de nuevo al departamento y ella y el actor se quedaron abajo conversando.  Arriba, más que pronto Beatriz y el joven escritor se desnudaron y  metieron en la cama bajo las cobijas. Se estuvieron reconociendo, revisando,  mirando, acariciando, lamiendo, besando, chupando, sobando un larguísimo  rato, hasta que empezaron a hacer el amor. “En esa magia estaban”  (como decía Borges) cuando entró el actor alarmado porque le habían  arrancado los limpiadores de su coche y estaba lloviendo. Beatriz se  desconcentró y no pudieron terminar. Sonó el teléfono y era Verónica  con la noticia de que la Universidad había entrado en huelga para protestar  por el proyecto oficial de alargar el bachillerato a tres años. Lo  que animó a Beatriz, que no tendría clases en varias semanas. El actor  tomó del clóset una gabardina y les pidió perdón por tan abrupta  interrupción. Beatriz todavía desnuda y un poco enfriada, se acurrucaba  contra el joven escritor como si quisiera devenir a su vez también  joven escritor aún sin ningún libro publicado. El joven escritor,  por su parte, sentía su suavidad, su calor, su lujuria a flor de piel,  su solidaridad, su complicidad, su cariño, su risa, su ternura, y no  quería dejarla marchar. ¿Casarse?... ¿Cómo podía querer el deseo  su propia represión?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;LE DOLÍAN HASTA los dedos  de tanto escribir. Eran las cuatro de la mañana y apenas acababa de  regresar del periódico. Redactar un artículo panorámico sobre literatura  francesa, de Mallarmé a Claude Simon y Jacques Lacan, pasando por Jacobson  y De Saussure, Sartre y Camus, le había tomado demasiadas horas. Lo  había comenzado el domingo a las diez de la noche y lo había terminado  el lunes por la noche a las dos de la mañana, todo ese tiempo sin dormir  y tecleando sin cesar. Veinticinco páginas. Fue al periódico y tuvo  que desarrollar su columna, y allí se encontró con la noticia de que  el suplemento crecería a 14 páginas en vez de las seis de costumbre,  y que el Director estaba de viaje. La última vez que lo había visto  habían discutido porque su jefe celebraba el Siglo XX por el desarrollo  del periodismo, las comunicaciones, la industria del entretenimiento,  la asistencia social, la farmacopea invencible, y el joven escritor  arriesgó que el Siglo XX era también el Siglo de Verdún y el Gulag,  y el de Auschwitz e Hiroshima, y eso que aún no podía saber nada de  Tlatelolco 2 de octubre, de la guerra sucia en el Cono Sur, de Vietnam,  del Banco Mundial, de la hambruna en Africa, de la invasión a Panamá,  del narcotráfico y la narcopolítica, de las epidemias avasallantes,  del desgarramiento de Yugoslavia, del exterminio de los palestinos,  de la norteamericanización de América Latina… Pero era como si ya  todas esas catástrofes aún no sucedidas crujieran en la estructura  de la época y alimentaran sus dudas omnipresentes sobre &lt;i&gt;nuestro&lt;/i&gt;  grado de civilización. El tardío Siglo XX parecía ir a la deriva  hacia un futuro negativo, e inclusive hacia un No Futuro. La conciencia  histórica y el pesimismo parecían llegar a lo mismo. El joven escritor  aún sin ningún libro publicado había leído mucho y creía en lo  que había leído. ¿Y su prometido matrimonio? Hablaba y hablaba de  Beatriz, la quería junto a él y sin embargo no se casaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;GRACIAS AL TÉ de una planta  llamada Zopacle o algo parecido, la esposa del pintor y la bailarina  habían conseguido abortar. Debían haber ingerido cuatro tazas de ese  té, una cada hora, pero con la primera había bastado y sobrado. Antes  de eso la bailarina había chocado su chevrolet y lo había destrozado.  Quedó inservible. Esa tarde las dos mujeres estaban en cama. A la bailarina  la acababan de aceptar en el Can-Can y tenía que preparar dos espectáculos  de media hora. Hacía unos días que había firmado el contrato y esa  tarde había dejado plantadas a las coristas que iban a hacerle cortina,  a la coreógrafa, la maquillista, los músicos y el modisto. Llamó  al joven escritor para que explicara la situación. ¿No quería ser  escritor? Pues entonces que inventara una situación lo suficiente verosímil  e insoslayable. En la oficina le habían regalado unos volantes anti-rector  Chávez. Lo acusaban de asesino, de incapaz, de huérfano y mariconerías  increíbles. Le exigían que renunciase a su cargo. Muy exaltados. Feroces.  Desesperados. Todas las preparatorias estaban en huelga y esa mañana  durante un mitin había llegado la policía y ocurrido un enfrentamiento.  Dos estudiantes habían muerto y un prefecto de apellido Bracho le había  arrancado la oreja a un muchacho de la Preparatoria Uno. Finalmente,  cuando el joven escritor salió del periódico agotado, hambriento y  con el cuerpo cortado, grandes nubes de polvo se levantaban en Paseo  de la Reforma. Alrededor de la Alameda estaban poniendo en el suelo  unas baldosas rojas, como para imponer cierto tono provinciano, o autóctono,  aunque el joven escritor se tropezaba a cada rato. Al cruzar Insurgentes  lo sorprendió la lluvia, que le hizo un asco su suéter, sus zapatos  y el nuevo número de la revista &lt;b&gt;Show&lt;/b&gt;. Al llegar al departamento  el actor no estaba. Quizás él si había podido ir a ensayar al Can-Can.  “Los mexicanos de sangre mixta no tenían esperanza”, decía un  personaje en la novela que D. H. Lawrence había escrito en Oaxaca.  Uno de los críticos franceses que había citado en su mega-artículo  dividía a los escritores en &lt;i&gt;visuels&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;émotifs&lt;/i&gt;, según  el grado de originalidad que exhibían al transmitir impresiones sensoriales.  ¿Y él? ¿Su orquesta interior, su mundo, su coloquio? Se sentía como  ratón mojado y se secaba los cabellos frotándolos furiosamente con  la toalla. Lamentablemente carecía de otro par de zapatos, pero se  los quitó y embutió sus pantuflas. Colgó la ropa mojada en el baño  y se puso su bata de &lt;i&gt;lord&lt;/i&gt; inglés con una bufanda de seda. Pensó  ¿por qué los hombres deben vestirse de negro para casarse? Y respondió  para sí ¿porque esa noche entierran lo que más quieren?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;ABRIÓ UN CAPÍTULO con algarabía  e imprecaciones de soldados federales que llevaban al paredón de fusilamiento  a un presidente municipal y a un comisario agrario. Dos perros los seguían  moviendo la cola. Les vendaron los ojos a los prisioneros y el presidente  municipal los rechazaba con un gesto de prepotencia y machismo. Uno  de los perros ladraba. Les ofrecieron cigarros y ambos aceptaron. Mientras  el jefe del pelotón daba órdenes y un cabo espantaba a los perros  que pretendían jugar entre soldados y detenidos, en una montaña cercana,  al aire libre, un sacerdote celebraba misa y predicaba la necesidad  de la guerra. La máquina de escribir hacía demasiado ruido y lo distraía  de su cometido y ensimismamiento. El objetivo principal del joven escritor  aún sin ningún libro publicado era expresar los incidentes de su relato  con un lenguaje que los designara por su sentido, que fluyera con naturalidad  y sencillez, como una buena conversación de sobremesa. El estilo, decía  Gourmont, era una especialización de la percepción, no de la emoción.  Al encabezar otra página el joven escritor intentó la descripción  de un centenar de agricultores que bajaban de un cerro para ir a reunirse  con sus familiares en Cocula, para rechazar la llegaba del ejército,  cuyas columnas habían visto acercarse. Muchas voces, órdenes, canciones,  fragmentos de conversaciones, albures, risas, rezos, decisiones, refranes,  temores. Al anochecer los cristeros reconocían no tener más municiones  y empezaban a evacuar la plaza. ¿Cómo reemplazar el clisé &lt;i&gt;al amparo  de las sombras&lt;/i&gt;? ¿Confundidos con? No. Tenía que trabajar ese fragmento  un poco más. La luna arriba, sola. &lt;i&gt;He aquí la rabia verde y fría  y a su cola de navajas y vidrio cortado&lt;/i&gt;, escribió Octavio Paz.  Necesitaba aprender de Paz. Había muerto un centenar de soldados y  pronto llegaron más y más y empezaron el saqueo definitivo de Cocula.  En la bóveda de la iglesia los federales bebían cerveza en los cálices  sagrados. Hacían fuego a media calle con la sillería de la iglesia,  cuadros, telas y sobre todo crucifijos y estatuas religiosas. Cocula  se quedaba desierta. Sólo animales domésticos extraviados atravesaban  las calles. Todos sus habitantes habían huído a los pueblos cercanos.  Sólo se veían personas con uniformes federales y se oían sus canciones.  Olía a carne asada y a tortillas recién hechas. A chile pasilla y  cebollas fritas. La noche siguiente algunos lugareños se arriesgaron  a volver y fueron decapitados de inmediato. El coronel federal acostumbraba  matarlos con propia mano. El joven escritor debía describir también  cómo se organizaban para la revancha los fugitivos, la selección de  los más aptos y fuertes, &lt;i&gt;bravos como alacranes&lt;/i&gt;. Pero concluyó  que era mejor acabar el episodio con el degollamiento de los que se  atrevieron a regresar, sin ninguna palabra optimista ni ninguna de escándalo.  ¡Había tantas cabezas cortadas en la Historia de México! Quería  revisar el texto e incorporar olores, impresiones tactiles, auditivas,  onomatopeyas. Parecía que le interesaba de modo privilegiado la realidad  de su lenguaje, los problemas de su gramática, y que en cambio le daba  la espalda a la Historia, porque no se interesaba en el Mundo, sino  en lo que serían las cosas y los seres si no hubiera mundo, si no hubiera  habido mundo. Se entregaba a la Escritura como a un poder impersonal  y como si sólo se tratase de sumergir hasta llegar a un fondo que no  alcanzaría nunca o cuyos límites se alejaban cada vez más.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;ERAN LAS 5:15 de la mañana  y no podía dormir. Se sentía asustado, pensaba bañarse y salir a  remar y visitar a su hermano. La noche anterior lo había soñado. Lo  reconocía dentro de un auto que no era el suyo. Veía ese coche y corría  tras él porque había visto en él a su hermano. Era él, en efecto.  El joven escritor se preguntaba muchas veces cómo había logrado saber  que su hermano iba en ese coche tan ajeno a él y sus posibilidades.  Le había hablado a su amigo actor al Can-Can y después fue a verlo  tras bastidores. El actor le regaló dinero con el cual podía pagar  de la renta de enero y febrero. Bostezaba debajo del agua que fluía  de la regadera. Quería ver a su hermano para pedirle la llave del apartado  postal y hacer un duplicado, hablar de la boda y sacar algo en limpio  en relación con muchas otras cosas. Mientras remaba sentía nítidamente  cada músculo de sus brazos, de la espalda, la cintura, las piernas,  el vientre. Como si su piel fuera transparente. Cobró demasiada conciencia  de su cuerpo, de su juventud, de su fuerza. Tenía miedo por sus deudas.  ¿Cómo casarse con tantos números rojos? Lo invadía cierta intranquilidad,  cierto desasosiego. Su quehacer narrativo estaba lleno de momentos así:  líneas que se distinguían y otras que se oponían. Incertidumbres  que se volvían palabras, palabras a veces saludables, a veces enfermas,  contaminadas, cuchas, a veces ilegibles. Las desgarraba el equívoco,  pero sin equívocos jamás podrían suscitar el diálogo. Y si a sus  palabras las falseaban los malentendidos, esas confusiones seguramente  harían factible un nuevo entendimiento. ¿Y si parecían vacías? Bueno,  ese vacío podría ser su propio sentido. De pronto ya no sabía quien  estaba más asustado, quién era el del miedo al Matrimonio y sus Responsabilidades,  el del miedo a Crecer y el del miedo a Fallar y el del miedo a Fracasar.  ¿El escritor que todavía no era? ¿La obra que aún no existía? ¿Un  futuro e hipotético escritor? ¿La página? ¿Estas páginas? ¿La  lengua? ¿La concatenación de las palabras? ¿Las letras impresas?  ¿Las verdades evocadas? ¿Su ociosidad? ¿Sus galimatías? ¿Su ausencia  de sí mismo? ¿Su proyecto de obra? Al final del día no había logrado  hablar con su hermano, ni verlo siquiera. Un absoluto fracaso, porque  ni consiguió dejar un recado. De allí quizás su frustración, su  intranquilidad, su melancolía. ¿O estaría así por la ausencia de  Beatriz, que vendría a visitarlo hasta el día siguiente? Odiaba sentirse  triste porque ese era el único pecado que reconocía y reprobaba. La  tristeza. ¿Y el odio? ¿Y las jugarretas que transformaban el amor  en odio? Bataille afirmaba que toda escritura expositiva era o un gran  fraude o una derrota. Su herida Bataille.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;Su exnovia Verónica vivía  con su amiga Isabel en un departamento bastante luminoso en el último  piso de un edificio no muy alto. Esta vez Verónica vestía pantalón  vaquero azul de mezclilla, camisa desfajada color de rosa, botas de  montar. Pintaba al óleo el retrato de una mujer bajita que estaba allí,  el cabello negrísimo color ala de cuervo, cayendole en cortina del  lado derecho de su cara. Isabel había subido de peso y se había teñido  el cabello de rojo televisa. Otras mujeres que llegaron después preguntaron  si había cena. Isabel dijo que no, y ellas hicieron los clisés de  costumbre. Que si ese era el día que la mujer descansaba y dejaba que  el marido se hiciera bolas. Verónica, que sería el marido, se notaba  nerviosa. El joven escritor aún sin ningún libro publicado no sabía  si por la presencia de Beatriz, que lo había acompañado y la perturbaba,  o la de él, que era el único varón en medio de tan extraño gineceo.  Había llegado con Beatriz y al principio los abrazaron y besuquearon,  festejándolos. Ya sabemos que van a casarse, qué gusto. La mujer que  posaba para el cuadro se iba a Polonia en agosto y trataba de entusiasmar  a Beatriz para que siguieran sus pasos. Incluso les puso un ultimatum.  De allí al día 14 deberían decidir si también querían irse. ¿Se  acordaban de &lt;b&gt;Cuchillo al agua&lt;/b&gt;, la extraodinaria película de  Polanski? Al joven escritor le gustaba mucho la revista &lt;b&gt;Polonia&lt;/b&gt;,  porque tenía Otro Yo diseñador. Mientras hablaban él empezó a castigarse  pensando que debería despedirse de sus coca-colas y de sus tacos, sus  cornflakes, sus revistas en inglés, su cine de Hollywood y el rock  and roll. Los polacos en cambio, según la modelo bajita, le ofrecían  becas de seis años, los dos primeros para aprender polaco y los otros  cuatro para estudiar una carrera. Imagínense, decía la mujer, son  seis años viviendo de gorra, trabajando en lo que les guste, cine,  diseño gráfico, danza, literatura, teatro, y con las posibilidades  de viajar a muchos países detrás de la Cortina de Hierro. La beca  parecía muy jugosa y les daba la posibilidad de una vida aceptable.  Beatriz se entusiasmó tanto como el joven escritor se intimidó. Muy  adentro sentía que la batalla tenía que darla allí en medio del cerco  de nopales. Y también temía entrar de golpe y porrazo al mundo comunista  y despedirse para siempre del cine Latino y el cine Roble, las revistas  de Sanborns, las frutas tropicales, las taquerías de la Zona Rosa,  y sus amigas y amigos. Beatriz quería ir a estudiar físico-química  y a él lo propiciaban a seguir filología. Ni Verónica ni Isabel sabían  que significaba esa palabra. Más tarde, cuando la mayoría de las visitas  se habían ido, sentados relajadamente en el suelo, Verónica les contó  a los dos, pero mirando más insistentemente a Beatriz que a él, que  ella, Verónica, había ido a Monterrey y se había encontrado con una  entrañable amiga. Pero le había llamado la atención que se veía  más vieja que ella, ya que debería ser cinco o seis años menor. Tenía  el cabello totalmente blanco y Verónica le comentó que ese color no  la favorecía. Pero su amiga susurró que eran canas, y luego ¿qué  no supiste? Y le empezó a contar que tenía 15 años y estudiaba en  el Colegio de Monjas adonde la había conocido Verónica, pero que ya  Verónica se había ido a la capital. Ella tenía una mejor amiga también  conocida por Verónica. Estaban de internas y compartían una habitación.  Al final de ese año todas las internas fueron de prácticas a un convento.  Cuartos austeros, disciplina, soledad, frío, gruesas paredes pardas,  ritos y ceremonias. La alegría de las misas. Una vez al día les permitían  oír el radio en el comedor durante un cuarto de hora. Allí escucharon  que un loco criminal había escapado no muy lejos de allí y que era  peligroso. Si lo veían debían reportarlo a la policía y por ningún  motivo acercársele. La madre superiora apagó el radio y las estudiantes  hicieron chistes o trataron de hacerlos. Una se fingió loca y persiguió  a las demás, en fin... Por la noche la amiga de Verónica despertó  y vio que la luz de la luna inundaba el cuarto. Al mismo tiempo sintió  frío y se levantó a cerrar la ventana. Dudó un buen rato y por fin  se decidió. En el jardín un joven o un niño jugaba lanzando una pelota  al aire. Ella quiso despertar a su compañera para que lo viera. No  debería haber hombres en todo el convento. ¿Quién sería aquel joven?  Pero la otra cama quedaba en la oscuridad, en la parte no alcanzada  por la luz lunar. La amiga de Verónica agitó inútilmente el cuerpo  de su compañera, tratando de despertarla. La llamó por su nombre...  Quiso tocarle la cara y su cabeza no estaba. ¡La habían degollado!  En la cama yacía su cuerpo sin cabeza. En el jardín el loco criminal  jugaba lanzando al aire la cabeza de su amiga una y otra vez. En ese  mismo momento encaneció por completo. Lo que sigue ya se lo imaginan,  rubricó Verónica. Beatriz estupefacta, Isabel bostezando. El joven  escritor aún sin ningún libro publicado urgidísimo de salir con su  Beatriz, y preguntando si Luna, dado que solamente hay una, debería  escribirse siempre con mayúscula... La madre de Dante se llamaba Bella.  De allí se había derivado ese nombre que lo desvelaba: Beatriz...  Verónica tratando desaforadamente de llamar la atención de Beatriz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;AL PRESIDENTE DE la República  lo habían apedreado en Chihuahua. Habían muerto en el enfrentamiento  uno de sus guardespaldas y dos periodistas, uno de ellos redactor del  periódico en el que trabajaba el joven escritor aún sin ningún libro  publicado. Pero ni por eso aprobaron la publicación de la noticia.  En los camiones de pasajeros el boletaje había comenzado a tener impresa  la propaganda del PRI. Se sentía un calor africano. Padecían 33 grados  centígrados, cuatro más que en Acapulco. El joven escritor pasó por  su departamento y se metió bajo la ducha por cuarta vez en lo que iba  del día. Desde que había entrado el ladrón por la ventana de la cocina,  y ya que el actor no venía más a dormir, acostumbraba cerrar todas  las ventanas y todas las ventilas, a-piedra-y-lodo, además de la puerta  con sus tres chapas, una de las cuales atornillaba para que no pudiera  moverse el pasador. Se había levantado cerca de las 11. Lo extraordinario  era que había soñado que su amigo actor estaba allí y que habían  hablado durante horas y horas. La cama de al lado suyo estaba destendida  y hacía semanas que no se usaba para nada. Trataba de elegir entre  dos posibilidades. O bien se había vuelto sonámbulo y durante la noche  se levantó y acostó de nuevo en la otra cama gemela, y luego viceversa,  o el actor realmente había dormido allí, pero si no atravesaba las  paredes ¿cómo habría podido entrar? ¿O lo había solidificado su  pensamiento? De ser así, esa noche iba a concentrarse para ver si lograba  solidificar a Beatriz. Porque no creía en fantasmas ni aparecidos,  ni plasmas ni nada así. Pero estaba tan inquieto que se fue caminando  a casa de su hermano, una caminata de 13 kilómetros. Su hermano había  chocado con su camioneta unos días antes y lo habían metido en la  cárcel. ¿Sería por eso que el joven escritor pensaba tanto en él  y hasta soñó que manejaba un coche equivocado y que necesitaba su  ayuda? Sacaron copia de la llave del apartado postal y fue a recoger  su correspondencia. Su hermano aprobaba su matrimonio y hasta aceptaba  ir a la boda siempre que invitara también a su esposa. Incluso se ofreció  a pagar las invitaciones. Hablaban en un escenario que le fascinaba  tanto que hasta quería usarlo en alguna futura película: el patio  adonde hacían los remates en el Monte de Piedad (un auténtico bricolage).  Había sillería como para un teatro al aire libre y ellos se sentaron  allí como esperando que llegara la hora del remate. Pero había terminado  de vestirse y miró con satisfacción una loción francesa que su peluquero  le había regalado para que la usara el día de su boda. El peluquero  le contó que había atendido a su amigo actor, y que lo veía muy deprimido  y malhumorado. Que intentó hacerle un peinado nuevo y el actor no quiso.  El peluquero comentó que se peinaba como licenciado o burócrata priísta.  Beatriz estaba muy vulnerable por tanto matrimonio postergado. Para  calificar a Beatriz le gustaba un epíteto de Barthes que descubrió  al ller un artículo sobre el hombre según Foulcault: &lt;i&gt;una metáfora  sin frenos.&lt;/i&gt; Sonó el teléfono y era su amiga Soraya, que aseguraba  estar muy contenta porque había ido a Tokio, a Australia y muchas otras  veces a Canadá. El le dijo que sus viajes eran pura ficción, que viajaba  de lo mismo a lo mismo, porque de Tokio, Australia y Canadá apenas  y conocería poco más que los aeropuertos y dos que tres hoteles incluso  hasta con el mismo nombre. Soraya negaba ser una sirvienta de lujo,  aunque aceptaba que ese empleo de azafata no era tan envidiable como  hubiera parecido en teoría. Había camaradería entre ella y sus compañeras  de trabajo, especialmente con los pilotos. Pero a veces se cansaba de  sonreír tanto, de hacer tantas caravanas a pasajeros inescropulosos  y de aguantar de pie la travesía del oceáno Pacífico o Atlántico.  Pero lo bueno decía Soraya era que iba a encontrar un marido rico,  porque la mayoría de los pasajeros eran hombres de negocios que tenían  mucha lana, y todos le tiraban los perros, pero que allí estaba indudablemente  su porvenir. El joven escritor aún sin libro publicado la puso al tanto  de las últimas noticias, incluído su matrimonio, y la cortó porque  se le hacía tarde para ir a la oficina. Ay, Soraya preciosa, lopezvelardeó,  azafata súbita de la carne… El mundo le parecía hecho de tal manera  que no podría nunca expresarlo sino a través de narraciones, como  si estuviera mostrándolo con el dedo. Aún no salía del departamento  y ya estaba sudando. Beatriz, saboreó, una metáfora sin frenos...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:100%;"&gt;DESDE QUE SE levantó se sentía  abatido, saqueado, pisoteado, confundido, acribillado y de mal humor.  El actor había aparecido a las cuatro de la mañana y el joven escritor  aún estaba despierto. Hablaron un poco de las últimas confrontaciones  con la bailarina. El actor hizo chistes hasta de sí mismo, como de  costumbre, y se apresuró a salir. El joven escritor se peinaba en su  recámara con aire caliente y oyó un golpazo. Murmuró qué cabrón,  qué ánimo de ponerse a dar maromas... Pero no se oía ningún otro  ruido y se asomó. La puerta estaba abierta y el actor estaba allí,  tirado boca abajo, contrahecho, torcido. El joven escritor todavía  calificó en voz alta qué payaso. Pero en realidad el actor se había  desmayado y dado un tremendo madrazo. Una vez reanimado, el escritor  salió con él, no fuera a caerse de nuevo. ¿No estarás embarazado?  Fueron juntos hasta el correo central y allí se despidieron. El joven  escritor encontró en su apartado postal un montón impresionante de  correspondencia. Tuvo que esperar media hora para que se lo dieran y  luego resultó que de esas ochenta cartas ninguna era para él ni para  su hermano. Eran para los propietarios de otros apartados postales,  y estaban equivocadas, incluídos muchos avisos de correo registrado.  Volvió ligeramente frustrado al departamento, pues le gustaba recibir  cartas, y al mediodía llegó Beatriz, con la noticia de que iban a  prohibir las taquerías en toda la ciudad, sin ninguna excepción. Fregarían  a millares de persomnas y a nuestra idiosincracia decía ella casi gimiendo.  Le iban a quitar el sabor a Bucareli, a San Juan de Letrán, a la esquina  del cine Insurgentes, a esa calle por donde vivía su amigo librero,  por donde quedaba el cine Ópera. Qué cabrones. Protestaban limpieza  en las calles y aducían motivos de higiene. Ahora todo iba a oler a  gasolina y a mugre, no más olores de carne al pastor o de barbacoa,  ni de cebollas o chile frito. A ellos les iban a quitar su lugar predilecto  para ir a cenar, La Bella Unión. Ahora si vamos a ser un país des-tacado  bromeó él. Claro que faltaba que pudieran llevar a cabo semejante  disparate. Beatriz se desanimaba con facilidad, pero se esforzaba por  hacerle mimos, por chiquearlo, por hacerlo reír o sonreír. Y hasta  que fracasaba lo dejaba tranquilo. Se tiraba en la alfombra a leer acostada  de panza. El joven escritor aún sin ningún libro publicado puso un  disco de Joao Gilberto. La sirvienta no llegaba y quería llamarle la  atención porque sus ventanas eran las más sucias de todo el edificio,  El mundo parecía contenido en su totalidad dentro de un par de gigantescos  paréntesis.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37420458-116309496653950694?l=quieroescribirperomesaleespuma.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://quieroescribirperomesaleespuma.blogspot.com/feeds/116309496653950694/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37420458&amp;postID=116309496653950694' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37420458/posts/default/116309496653950694'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37420458/posts/default/116309496653950694'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://quieroescribirperomesaleespuma.blogspot.com/2006/11/este-libro-es-para-claudio-y-marcio.html' title=''/><author><name>Gustavo Sainz</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
